Esta semana, quise utilizar el servicio del Metro de Medellín, que consiste en que cualquier personal puede dejar la bicicleta en unos parqueaderos que están allí con ese propósito, luego puede ir y venir en el Metro cuanto guste, y recoger más tarde la bicicleta allí donde la dejó. Sin embargo, me llevé una sorpresa, pues para poder dejar la bicicleta en ese parqueadero, es necesario tener “cadena y candado”. Sí, yo también me extrañé, y no, no es la cadena normal de bicicletas, cada uno de los que quieran dejar la bicicleta allí, necesita, en realidad, un candado y una cadena grande para que “no se le roben la cicla”. La siguiente pregunta fue obvia, ¿para qué un vigilante, un lugar encerrado tras rejas azules verdosas, si es necesaria esa cadena? La respuesta fue igual de obvia, nos quieren joder la vida.
La función del Estado, de las empresas del Estado y de toda empresa particular que cumpla funciones estatales, debería ser la de facilitarle la vida a los individuos que utilizamos sus servicios. El Estado no debe poner más trabas que aquellas que la moral pública indiquen, pero sí debe poner tantas facilidades como sea posible. Un ejemplo de lo anterior es la posibilidad de renovar el certificado del DAS y de obtener los certificados de la Procuraduría y Contraloría, vía internet. Así es.
Sin embargo, ha venido imponiéndose una moda, por llamarla de alguna manera, consistente en que el Estado se inmiscuye deliberada y fuertemente en los asuntos privados, no dejando ya que las opciones revistan su propia importancia para cada quien, sino casi que dejando solo una puerta abierta hacia la opción que se decida con anterioridad. Ya en una editorial anterior, me concentré en el tema del cigarrillo, así que básteme con decir aquí, que el Estado no debe prohibir su consumo al interior de establecimientos privados, sino que debe obligar a sus dueños a determinar si el suyo es un lugar donde se pueda o no fumar.
Llevar una cadena en la mochila, o en el bolsillo, o amarrada a la bicicleta no hace si no estorbar. Con todo el respeto por las personas que pasan su vida como profesionales de la seguridad privada, ¿cómo carajo hacían los ladrones para sacar las bicicletas de donde estaban? Pues esta fue la razón que me dieron “hubo muchos robos, encontrábamos tiradas las cadenas para bicicleta, así que optamos por cambiar la norma”. La solución siempre es joder al otro, hacerle la vida más difícil. Extraño me pareció que no se hubieran percatado de lo extraño que eso, por sí mismo, suena: a nadie pareció serle extraño, el hecho de que ¡estaban encerradas, tras rejas, con candado en la puerta de entrada y que, por más fácil que pueda ser, las rejas no son bajas, se necesitan por lo menos dos! Nadie pareció entender que ese trabajo de robo, no se podía hacer tan sencillo como ellos lo plantean. A nadie se le ocurrió que tal vez, con el mismo cortafrío se puede acabar el candado con que se une la cadena que amarra la bicicleta a la barra del piso. Alguien tiene que pagar, pues es seguro que alguien de adentro – administrador o vigilante – fue el que la cagó. Alguien tiene que hacerlo y ese fui yo, y todo aquel que haya intentado usar el parqueadero de bicicletas de las estaciones del Metro de Medellín.
Vuelvo y repito, la solución no era joder a los demás, en este caso a los usuarios precisamente, y vuelvo y digo que la función de estas entidades es facilitarle la vida a las personas que están utilizando sus servicios. La tarjeta cívica es una gran opción para aquellas personas que son asiduas usuarias del Metro, pero a las bicicletas nos las dejaron encerradas en la casa porque no tenemos cadena y candado.
POR OTRO LADO
La construcción del paseo peatonal de la carrera 70, ha sido un dolor de cabeza para los habitantes del sector, para los comerciantes que tuvieron que aguantar el polvo, el ruido y la falta de clientes, y para los peatones que, como muchos estudiantes de la UPB, utilizan la carrera 70 como vía de salida hacia San Juan o hacia el Metro. Sin embargo, y en relación con lo que venía hablando más arriba, no se habilitó una cicloruta, ni siquiera de un solo carril. Por extraño que parezca, en nuestra ciudad, las ciclorutas, en su mayoría, están ubicadas estratégicamente en sitios por donde no hay tráfico pesado. No están en sitios de gran flujo de carros como San Juan o la 80 y no hay voluntad de construir más – obviando el “pedacito” que hicieron en la avenida de los industriales. Lo importante, claro está, es mantener amplia y fluida la movilidad vehicular de Medellín. La vida de los ciclistas quedará para que la trate el próximo alcalde o el Concejo que viene, si es que alguno de ellos, monta en bicicleta.

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