Te soy sincero
tu más grande mentira
es abrir tu boca
para pronunciar palabra
tu más grande verdad
es cerrar tu boca que dice mentiras
y eso que no dije
que
cuando estás ausente
refulges más bella y verdadera
que cuando estás presente
pero si sintetizo mi sincera sinceridad
diría: NO QUIERO VOLVER A VERTE.
Arrecian las críticas mutuas entre Chávez, Morales, Correa y Uribe:
Ante las críticas constantes de Hugo Chávez, Hugo Morales y Rafael Correa, el Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, ha contestado con indirectas acerca de gobiernos que reprimen la libertad de prensa, cierran canales de televisión, o estatizan empresas foráneas...
"A este paso solo falta que alguno salga con "¡Le voy a echar a mi papá que es más grande que el suyo!""
El fin de semana pasado, tuve la fortuna de conversar con un gran amigo sobre una variedad enorme de temas. Fuimos desde la verdad para Nietzsche (El partido de la verdad lo toma entonces la pereza… es más cómodo obedecer que caminar; más halagador creer lo de “yo poseo la verdad” que advertir la oscuridad alrededor), pasando por el derecho al voto, la educación que debe brindar el Estado, el comunismo, la justicia y terminamos en la libertad. ¿Libertad de qué? Pues de todo. En una ocasión anterior, ya hablé sobre la libertad de expresión y de prensa, el día de hoy, como el fin de semana pasado, hablaré sobre la libertad que tiene todo ser humano, para expresar públicamente su fe.
Mi amigo, con toda la protección que le brinda su derecho a expresarse, sostiene que, para él, es ofensivo el hecho de que alguien practique, o siquiera hable, públicamente sobre su religión. Sus argumentos, aunque fuertes, se basan más que todo en el hecho de que hay también quién se ofende cuando él, o cualquiera como él, defienden la razón por encima del corazón, de la sinrazón o de la fe. Por otro lado, mi posición se basa en sostener que cualquiera es libre de expresar su pensar de la forma en que quiera, siempre que no ofenda, de manera notoria y premeditada, la dignidad de otra persona. Me explico. Hace unos años, mi pensamiento sobre determinado artista me llevó a definirlo como no arte, sin embargo, a las personas a las que se lo dije, tal vez por mi propia ignorancia, tal vez por inmadurez, tal vez por un simple mal entendido, se sintieron ofendidas por lo que dije. Eso que hice está prohibido. ¿Por qué? Pues porque aunque esa era mi forma de pensar, la manera de comunicarla no fue apropiada ante dos personas que, a todas luces, adoraban al artista en cuestión. No hubo argumentos, no hubo discusión, no hubo más que el intento propio por imponer una forma de pensar, situación que degeneró en el derrumbamiento de fuertes bases y en la pérdida de, seguro, mis mayores amistades (disculpas de nuevo).
La primera posición (la de mi amigo), ha sido compartida, últimamente, por la FIFA. Esta entidad, el máximo órgano del fútbol mundial, ha dicho que está estudiando la prohibición de toda forma de expresión religiosa dentro del terreno de juego. No más celebraciones con las manos extendidas, con una bendición o mirando al cielo; no más mensajes o rostros pintados en la camiseta que se lleva por debajo de la casaca de juego; no más jugadores de rodillas orando al cielo para que los ilumine, o agradeciendo un trofeo recibido.
Ya en 2002, la FIFA había condenado a la selección brasileña por el espectáculo que brindó luego de obtener su quinto título mundial, un precedente que nos obliga a imaginar cómo terminará el estudio que está adelantando la rectora del fútbol.
La libertad religiosa debe ser total, con el único condicionante del respeto a la dignidad del otro, y esta dignidad no se ve maltratada cuando simplemente no se soporta ver a alguien que, según mi propia forma de ver el mundo, no tiene la razón. ¡La intolerancia es intolerable! Si yo tengo el derecho a intentar demostrar con argumentos que Dios es una invención humana, cualquiera otro tiene el irrebatible derecho a demostrarme con argumentos que Dios es el creador. La discusión se centra, entonces, en los argumentos. Sin embargo, lo que es razonable para mí, es, simplemente, falta de luz para los demás. La ilustración iluminó la razón humana, pero fue Kant, y no otro, quien eternizó los valores cristianos como los valores de toda una cultura. La palabra alumno, significa, etimológicamente, aquel que no tiene luz. Dios es la luz. El conocimiento es la luz. Pues si es así, cualquiera de los dos: quien defienda el big bang o la creación, tiene la linterna por el mango y el otro, simplemente, es su alumno.
La posición de la FIFA es ortodoxa y discriminatoria. Cualquiera tiene derecho a celebrar, públicamente, agradeciendo a su dios, si no lo puede hacer, se deberá prohibir, también, el que alguien le dé las gracias a sus piernas, pulmones y entrenamiento por haberlo hecho ganar una competencia de resistencia.
La libertad religiosa es uno de los grandes logros occidentales, el hecho de que en un mismo recinto se puedan encontrar cabezas con kipá y con burqa, y pechos con cruces que cuelgan, para debatir sobre economía, finanzas, derecho, religión o fútbol, es una posibilidad más que infinita de conocer las distintas formas de pensar que componen el mundo. Si cada individuo es un mundo posible, cada individuo religioso es un universo por resolver. La religión, aunque dogmática, predica la tolerancia, el respeto y el amor. La razón, por el contrario, aleja de sí a cualquiera que difiera, aunque sea razonablemente, de ella, pues para ella, sólo hay razones posibles dentro de un mundo de posibilidad codificado e identificado con anterioridad. Cada cosa que no se puede explicar es, para los unos, Dios, para los otros, simplemente algo que ya se explicará. Qué dificultad se encuentra, pues, en respetar el hecho de que dios pueda existir para muchas personas.
Estanislao Zuleta decía que los ateos no existían pues nadie reniega de una galleta de soda. Voltaire, por su parte, iba a decir: “no comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Yo sólo terminaré por decir que la FIFA ha empezado (¿continuado?) una nueva inquisición. ¿Cuánto tiempo habrá de durar? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que nos demos cuenta que la imposición que haga del conocimiento la religión es tan absurda como la que haga el conocimiento sobre la religión? ¿Cuándo nos daremos cuenta que en el principio no existían los días pues ni el sol ni la luna estaban creados, así pues, no podría durar un día un millón de años? Les dejo las respuestas a los que saben de lo uno y de lo otro, yo me declaro ignorante y juego, en este partido, de juez de línea.