miércoles, 2 de septiembre de 2009

La intolerancia cumple 70 años

Hubo un día en que supimos lo que la intolerancia podía hacer. Hubo un momento de nuestra historia como humanidad, uno de esos momento que nunca contamos con orgullo, en el que nos dimos cuenta de cuán lejos podía llegar un hombre enceguecido por el odio. Hubo, en este mundo de locos, un hombre que nos enseñó la verdadera fuerza destructora de una creecia. Hace muchos años existió, en un país hermoso, un hombre que puso a temblar al mundo entero, que lo arrodilló y exigió de él obediencia. Un hombre con un corazón de hierro que pensaba que había seres humanos mejores que otros, e incluso, que había algunos que no podían llamarse así. Un hombre que tenía el bigote de Chaplin, pero nunca su genialidad.

Hace setenta años dio inicio, con un bombardeo, y la posterior invasión, de Polonia, la Segunda Guerra Mundial. Veinte años más atrás Wilson se jactaba de haber ganado la guerra que acabaría con todas las guerras y Foch se entristecía al notar que solo era un armisticio. ¡Cuánta razón habría de tener! El tratado de Versalles, aquel que aseguraba la paz, se convertiría en una camisa de fuerza, más aún, en el símbolo de la humillación para la que es, aún hoy, la nación más fuerte para trabajar, del mundo. Alemania se venía abajo por las exorbitantes deudas que el tratado le había endosado, además de verse impedida a extender su fuerza militar. El pan costaba oro. Carretillas salían todos los días de las casas alemanas repletas de dinero, para comprar las legumbres del almuerzo. La pobreza aumentaba. El resentimiento agudizaba su influencia en la población. Los partidos de gobierno – Católicos y Socialdemócratas – no daban una solución a los problemas reales de los afligidos alemanes. La empresa privada, manejada desde hacía mucho, por manos judías, aumentaba enormemente sus ganancias. El padre nuestro de cada día, era una bofetada en el culo de todos, un saludo a la bandera, un trabajo mal pago, comida miserable y violencia callejera, mucha violencia provocada por los múltiples grupos paramilitares que surgirían para entonces de todos aquellos jóvenes que habían crecido dando bala en una trinchera francesa en la Primera Guerra Mundial.

El coctel estaba listo. Lo único que faltaba, en esa amalgama de locura infinita, era un hombre que se aprovechara de ella, y ese hombre estaba ahí, tenía la dosis correcta de liderazgo, de manejo de masas, de locura y de odio. Supo abordar los problemas de la población por donde estaban de verdad. Puso la vela hacia donde soplaban los vientos alemanes, y la respuesta no se hizo esperar. Con un grito de batalla, hizo lo que nadie más había podido: encontró al culpable de la derrota, de la deuda y de la pobreza del pueblo alemán. Encendió la colera contra todo un pueblo, los desprestigió y excluyó, encontrando eco en todas las esferas del pueblo y del poder, mientras en los Estados europeos, se daban golpes de pecho contra el descarado tratado de Versalles y admitían, tarde, que el pueblo alemán no tenía la culpa. Los occidentales emprendieron una campaña para preservar la dignidad de los pobres alemanes que tanto sufrían, y admiraron la perseverancia y valor de aquel que acababa de llegar al poder pronosticando un Reich de mil años.

Mientras tanto, en un estadio colmado de enardecidos alemanes, el hombre con el bigote de Chaplin, gritaba con ira y con odio en la voz: ¡Para llegar a ser libres se requiere voluntad, terquedad, odio y nuevamente odio! Al mismo tiempo que una cobarde y sentimental Gran Bretaña, aplaudia y sonreía ante las ocurrencias del cabo alemán.

Solo hasta que fue demasiado tarde el mundo occidental entendió el tamaño del monstruo que habían ayudado a levantar. El pueblo más fuerte y trabajador del mundo, se había embarcado en una aventura guerrera más luego de haber tenido la victoria casi a la mano. Otra vez entendían que solos eran tan fuertes como el resto de Europa unida. Sin embargo, a la siempre cobarde y empequeñecida Francia, que se entregó rendida ante el invasor, se contrapuso una ahora fuerte Gran Bretaña, de la mano de un borracho fumador, que comandaría la victoria del mundo democrático. Muy tarde. La intolerancia empezó a gobernar el mundo. Muertos por doquier, todos judíos, negros, gitanos y homosexuales. ¿Delito? Existir. Campos de concentración, campos de odio, intransigencia, rencor y genocidio pulularon por todo el hermoso territorio europeo. El más cruento Auschwitz, hoy museo mundial para que nadie, nunca, olvide.

Al final, y luego de casi sesenta millones de muertos, el mundo occidental y democrático, que luego comandaría la creación de los derechos humanos, ganó la guerra generada por la guerra que habría de acabar con todas las guerras. ¿Cómo ganó? Estamos en mora todavía de hacerle un juzgamiento, también en Nuremberg, a los que ordenaron el lanzamiento de dos bombas N sobre sendos pueblecitos japones. Estamos debiéndole a la humanidad el juzgar a todos aquellos rusos que oredenaron la muerte sistemática de treinta millones de sus compatriotas en los campos de concentración en Siberia ¿razón? No pensar igual al régimen, en este caso, no pensar igual a dios.

La enseñanza que nos deja la Segunda Guerra Mundial no la podemos olvidar. El hombre puede odiar, y puede odiar mucho. Puede hacer atrocidades que los escritores aún no han descrito; torturas tan horribles, que ni Dante soportaría imaginarlas. La enseñanza que no podemos olvidar es que la intolerancia puede acabar con el mundo. Si, como decía Einstein, la cuarta guerra se peleará con palos y piedras, tenemos que decir también que esa guerra se llevará a cabo porque hay alguien que no soporta a otro pues éste es negro, blanco, amarillo, rojo, homosexual, heterosexual, gitano, citadino, feo, bonito, inteligente o bruto. No importa, lo cierto es que la tercera y la cuarta y la quinta, se pelearán porque no toleramos al otro, porque no podemos vivir con el otro. ¿Cuánta sangre habremos de derramar, cuánta la tierra tiene que absorver para darnos cuenta que somos iguales, que todos reímos y lloramos, y que todos, sin excepción, somos seres humanos?

Hace setenta años Hitler casi acaba con el mundo porque odiaba a los judíos. Lo que no entendió nunca fue que entre tantos rubios, altos, blancos, fornidos y, esos sí, alemanes, el único diferente, era él.

(Editorial de 02 de septiembre de 2009)

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