un país
sin memoria
El pasado martes 11 de agosto, un niño dejaba de respirar para siempre. Ocurrió en una unidad residencial de Medellín de cuyo nombre no quiero acordarme. Cayó, cual hoja danzante al viento que suavemente posa su piel verde en el duro remanso del suelo, desde un doceavo piso. No lo vi. No sé cómo era. No sé su nombre. No fui a su funeral o a su misa. A petición de sus padres, no envié flores – nadie lo hizo. Nunca jugué con él, ya nunca podré. Un niño murió y, aún en este día, nadie sabe por qué, todos se preguntan si, acaso, algo así sí puede ocurrir. Un niño murió y, aunque revolvió el suelo de muchos, hoy lloramos la muerte de Galán. Nadie escribió por él más que una nota periodística al final de un periódico, nadie publicó por él más que una nota, en el intermedio de dos noticias, una sobre Chávez – seguro –, la otra, tal vez, sobre fútbol.
En este país sin memoria, agradecemos al mundo un aniversario más… de lo que sea… vivimos por ellos, conmemoramos la muerte como si fuera una fiesta más; tal vez esto nos haya sido dado por la religión católica, para la cual una de sus mayores fiestas, es la muerte de su fundador. En este país sin memoria, todos recordamos, hoy por hoy, a Luis Carlos Galán Sarmiento. Muchos colombianos tenemos pegado en la ventana el afiche con su silueta acompañado por la leyenda GALÁN VIVE, así, en mayúsculas. En este país sin memoria recordamos sus frases, sus videos, sus discursos, hasta su última entrevista. En este país sin memoria, los canales les robarán espacio a sus novelas o programas prime, para presentar un especial para recordarlo, al final, no podemos olvidar. A este país sin memoria yo le pregunto: en febrero o marzo, ¿alguien se acuerda de Galán? Sólo en agosto GALÁN VIVE, el resto del año está muerto, como lo está el niño que quiso volar una tarde cualquiera.
Garzón dijo “yo quiero no morir”, pero sí murió. Aquellos que vimos el especial que hizo un prestigioso canal privado colombiano sobre el humorista, pudimos darnos cuenta de la completa ignorancia del pueblo sobre quién era este señor. Igual pasa con Galán. Hoy por hoy, si les hacemos la misma pregunta a las señoras que venden tintos a doscientos – deliciosos por cierto –, en el Parque de Berrío, contestarían lo mismo que contestaron los bogotanos a la pregunta por Garzón. Nada. Igual pasa con el niño, y, sin embargo, este niño pudo haber sido más importante.
Si creemos en la teoría de que todo está escrito, y de que fue el mismísimo dios quien mandó a llamar a nuestro protagonista, no nos queda nada por decir. Su vida fue un completo juego y no habría sido nada importante nunca, pues ya, desde su nacimiento, iba a morir a los ocho años de edad. Nunca habría conocido una mujer a la cual hacer feliz. Nunca habría peleado con ella, nunca habría sufrido porque se fue. Sus sueños no importaron, nada de lo que hubiera querido ser importa pues, para dios, no había cabida en el mundo para este niño, ya lo necesitaba, seguro tenía que rellenar una vacante en su coro celestial.
Si creemos, por el contrario, en que fue, sencillamente, un horroroso accidente que no tenía nada de predeterminado, tenemos que decir muchas cosas. Imaginemos por un momento que Washington y Franklin, los dos grandes inspiradores – el uno militar y el otro civil – de la independencia norteamericana, hubieran muerto a la edad de ocho años. Imaginemos que hubieran sido Bolívar o Santander. Groucho Marx o Cantinflas. Whitman o Neruda. Dostoievski o García Márquez. Imaginemos que Hitler hubiera vivido, pero Roosevelt hubiera muerto siendo sólo un niño. Existe la leyenda de que a Winston Churchill le salvó la vida el padre de un niño que sólo pidió, como recompensa, que su hijo fuera educado, este niño crecería para ser conocido como Alexander Fleming, a quien doy gracias cada que tengo bacterias malignas creciendo en mí.
Imaginemos, sólo por un momento, en las dificultades que habría tenido este niño pasando los grados de su colegio. Cada una sería una anécdota más que contarles a los nietos que ya nunca tendrá. Imaginemos la carrera que habría escogido y su universidad. Imaginémoslo tirando piedras o dirigiendo una marcha pacifista. Imaginemos que le gustaba el rock o el reggaetón. Imaginemos su ropa, sus diversiones, su novia, su esposa ¿sería la misma? Imaginemos sus hijos, sus peleas con ellos. Imaginemos su trabajo. Imaginémoslo perdiéndolo. Imaginémoslo, en fin, sonriéndole todos los días a su mamá, a su hermana, a su papá, a la que sería la madre de sus hijos, a sus profesores, a sus amigos, a sus enemigos. Imaginemos, por favor, sólo por este segundo, cómo fue su sonrisa cuando vio que sí podía volar.
Este país no tiene mala memoria porque no recuerde sus penas, sus males, sus magnicidios. No. Este país tiene mala memoria porque no recuerda sus pequeñas pérdidas, sus pequeños duelos. Este país tiene mala memoria porque sigue siendo más importante la conmemoración de la muerte de Galán o de Garzón, que la muerte de un niño de ocho años. Este país tiene mala memoria porque ya nada le duele, ya todo le parece normal. Este país tiene mala memoria porque se volvió masoquista, porque pareciera que a estas alturas de la vida, después de tantos vejámenes, de tantas violaciones, muertes, masacres, atropellos, motocierras, secuestros y torturas, ya no tuviera nada que perder y hubiera olvidado cómo se sonríe después de llorar.
Mi novia me dijo que había visto al pequeño en una nube. Yo le creo. Paz eterna en su tumba, y paz terrenal y profunda para todos sus dolientes en la tierra.

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